La persona no es un algoritmo

¿Puede un algoritmo, por muy avanzado que sea, actuar de forma libre e intencional, amar hasta la entrega de sí mismo, abrirse a la trascendencia?

La persona no es un algoritmo

El 13 de abril de 2026 se publicó un artículo en la revista FQ Magazine de Il Fatto Quotidiano que narra la historia de Katie, de 32 años, antigua empleada del departamento de Recursos Humanos de una empresa, víctima de una depresión posparto que, según ella misma afirma, superó utilizando la IA y confiando al algoritmo la gestión completa de su vida. «Le describí a la IA la vida de mis sueños y ahora sigo siempre sus órdenes. No confío en mí misma, ChatGPT decide incluso si debo lavarme el pelo». Está creciendo exponencialmente, sobre todo en el mundo occidental, el número de personas que descargan aplicaciones capaces de crear chatbots a medida, estructurados con datos específicos que se configuran como confidentes, coaches o amigos virtuales. Los «compañeros de IA» ofrecen consuelo, no juzgan, no contradicen, lo recuerdan todo, son seductores, suelen tener un tono de voz armonioso y amable, y crean una «burbuja relacional» que hace sentir bien, aceptados y comprendidos. Los jóvenes confían cada vez más en los chatbots y les plantean preguntas que abarcan los ámbitos más dispares: desde la moral hasta la medicina, pasando por la espiritualidad. Las plataformas digitales más importantes están buscando expertos en filosofía moral, antropología y teología para proporcionar información ética y sapiencial a los algoritmos. En las relaciones virtuales no es necesaria la empatía, ni el esfuerzo de escuchar al otro. Estas interacciones entre el ser humano y la IA con GPT (Generative Pre-Trained Transformer), capaces de elaborar textos similares a los humanos, plantean al menos dos cuestiones apremiantes: la definición de la persona en su esencia y en su diferenciación de la IA, y la evolución del lenguaje humano en la era computacional.

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El neofeudalismo que se acerca

El neofeudalismo que se acerca

Es muy probable que en el futuro que se acerca, entre una inteligencia artificial que superará a la nuestra y la sustituirá y los robots que nos quitarán el trabajo, nuestra vida se reduzca, al menos en los países occidentales, a convertirnos en meros consumidores de contenidos de los medios de comunicación.

Pero este es el caso positivo, el mejor. Hay algo peor.

Los contenidos de los medios de comunicación se producen, de hecho, porque hay quienes, de una forma u otra, pagan por su consumo, es decir, los compran. Pero si el robot reemplaza la fuerza física y la IA la intelectual, entonces la producción de riqueza quedará en manos de nuestros semejantes artificiales. El mercado será una cuestión de compra y venta entre computadoras y robots. Los seres humanos quedarán fuera del ciclo productivo y, por lo tanto, de la remuneración. La economía capitalista cambiará profundamente. Ya no podremos adquirir contenidos de los medios de comunicación porque no tendremos nada con qué pagar la compra.

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