El neofeudalismo que se acerca

Es muy probable que en el futuro que se acerca, entre una inteligencia artificial que superará a la nuestra y la sustituirá y los robots que nos quitarán el trabajo, nuestra vida se reduzca, al menos en los países occidentales, a convertirnos en meros consumidores de contenidos de los medios de comunicación.

Pero este es el caso positivo, el mejor. Hay algo peor.

Los contenidos de los medios de comunicación se producen, de hecho, porque hay quienes, de una forma u otra, pagan por su consumo, es decir, los compran. Pero si el robot reemplaza la fuerza física y la IA la intelectual, entonces la producción de riqueza quedará en manos de nuestros semejantes artificiales. El mercado será una cuestión de compra y venta entre computadoras y robots. Los seres humanos quedarán fuera del ciclo productivo y, por lo tanto, de la remuneración. La economía capitalista cambiará profundamente. Ya no podremos adquirir contenidos de los medios de comunicación porque no tendremos nada con qué pagar la compra.

El mercado, el omnipresente, el omnipotente mercado, quedará solo como un recuerdo del pasado, porque la sociedad volverá a ser feudal en manos de esos pocos que dominan los robots y la IA. Parece que Elon Musk ha anunciado que Tesla fabricará 1 000 000 de robots Optimus todoterreno para 2030. Ahora bien, si es cierto que los descubrimientos científicos del pasado siempre han implicado la necesidad de personal humano, parece, sin embargo, que ahora los robots están cruzando la línea: si pueden imitar al ser humano en todo, entonces pueden sustituir a la fuerza de trabajo humana.

Pero esos no serán los únicos problemas. De hecho, desde hace tiempo se anuncian ingresos de ciudadanía, es decir, de subsistencia para los desempleados, para que no mueran. En los que tal vez se incluyan bonos de Netflix o Instagram. Lo que puede parecer problemático es que quien produce 1 000 000 de robots para venderlos también puede pensar en quedárselos para sí mismo y convertirse, como en la Edad Media, en un feudal. O venderlos todos a un único cliente que, a su vez, se convertirá en el amo del mundo. La concentración de riqueza en la élite económica lo permite. Según GlobalFirePower, si consideramos los soldados en servicio activo (sin contar a las reservas), México tiene una población militar activa de 387 000 efectivos.

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Estados Unidos (el ejército más poderoso del mundo) tiene 1 333 000, Alemania solo 184 000. Si un hombre puede poseer 1 000 000 de soldados-robots, entonces podrá competir por sí solo contra un Estado soberano. Ciertamente sabemos que en los ejércitos modernos la tecnología vale más que la fuerza humana: pero esto empeora la situación. Porque en tal caso es la industria la que hace la guerra a las industrias enemigas. Por lo tanto, no es un ejército que represente a un pueblo, sino un enfrentamiento de poderes industriales. Y si la industria se da cuenta de que es ella el motor de la historia militar, entonces el dueño de los recursos industriales puede imponer su poder de forma autocrática.

Ya en el siglo pasado el problema había salido a la luz. Sin su industria (pensemos en los Krupp), el ejército alemán no habría podido combatir con la fuerza que demostró. Pero los Krupp construían cañones, aunque no tenían soldados para manejarlos. Ahora la tecnología es aún más omnipresente; el proveedor (de misiles, de IA, de aviones, de drones) se convierte en un elemento esencial. Si este puede poseer redes satelitales de uso potencialmente militar, robots ejecutivos, inteligencia artificial como mente estratégica, entonces llegamos a la conclusión de que el poder de una fuerza militar —que es igual a mentes estratégicas + soldados + tecnologías + procedimientos + base financiera— se vuelve equiparable a concentraciones de industrias que pueden poseer todos los elementos descritos.

Si además, como parece ser el caso en nuestros días, la ley y la soberanía se consideran menos importantes que la fuerza, ¿quién podrá obstaculizar a quien posea millones de soldados-robots guiados por una superinteligencia? ¿Quizás el concepto de bien común? Si un nuevo «Príncipe», del que habla Maquiavelo, pudiera dominar el mundo, ¿quizás se detendría? ¿Acaso la incesante concentración de inmensas riquezas en un pequeño número de personas no hará posible lo que parece ciencia ficción?

Existe la posibilidad de presenciar una nueva transformación cuando las naciones nacidas de la paz de Westfalia se disuelvan en una nueva dimensión fluida donde los poderes fuertes se reestructuren de manera transversal, intocable y probablemente autocrática.

En este mundo distópico, que parece imposible (pero hemos visto en el pasado horrores que nos parecían imposibles), resulta evidente que todo el pensamiento filosófico de los últimos siglos se percibirá como obsoleto y fuera de lugar.

El liberalismo, las luchas jacobinas y las revoluciones serán solo un vago recuerdo. A los filósofos del siglo XVIII se les recordará por sus pelucas y sus rizos empolvados. Todo parecerá viejo, incluso prehistórico, porque la nueva historia nacerá entonces. Las reflexiones intelectuales de los grandes del pasado se apagarán bajo el peso de su lejanía de la realidad. Las filosofías laicas, de Kant, Marx o Nietzsche, parecerán el pensamiento de los abuelos que huele a naftalina y a armarios llenos de ropa que ya no está de moda.

Solo quedará un problema central para la humanidad (la que siga viva), y será el teológico.

La transición hacia el nuevo mundo, impulsada por la tecnología, no parece que pueda incidir de ninguna manera en ese espacio recóndito, interior, donde, como si estuviéramos sentados frente al universo, nos preguntamos por conocer a aquel que nos da el deseo de conocerlo y de conocer todo en nosotros mismos y más allá de nosotros mismos.

Ni siquiera la IA puede darnos respuestas, porque estas son solo datos, hechos y deducciones lógicas, pero aquí se trata de experiencias, de conocimiento, de atravesar el mundo. Nuestro pobre yo, frágil, afligido, siempre en duda, incapaz de comprender y, sin embargo, ansioso de ir más allá, de crecer, de emerger por encima de todo, espera aún y siempre una revelación y una redención, y sabe con certeza que esta no puede venir de la tecnología, simuladora de todo pero portadora de ninguna verdad. Este espacio religioso se expandirá cada vez más, y será inesperado para el mundo del mañana. Entre robots de metal y tarjetas Nvidia, los poderosos mirarán con envidia a los pobres, que serán los más nobles y serios de todos,

El cristianismo, la religión de los esclavos y los analfabetos, iniciará una vez más su camino. Porque no es el dato lo que nos salva, sino cruzar el puente sobre el abismo de la vida.


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