El mar, con su polisemia, es protagonista y telón de fondo en el discurso que el papa León XIV pronunció en el puerto de Arguineguín (Las Palmas de Gran Canaria) el pasado 11 de junio de 2026. Un discurso intenso y conmovedor, estructurado en tres temas fundamentales: la denuncia y la condena de las redes mafiosas y de los traficantes de seres humanos; el llamamiento a los responsables políticos y a los gobernantes de los países de origen de los migrantes y de los países de acogida, instándoles a tomar decisiones que garanticen el derecho a migrar en condiciones de seguridad, pero también el derecho a permanecer en condiciones de paz y desarrollo; la firme afirmación de la dignidad de cada migrante, de las tantas «vidas heridas que llegan del mar, despojadas de casi todo, pero nunca, nunca de su dignidad»[1]
En el lenguaje bíblico, afirma el Papa, el mar, con sus olas amenazantes, puede representar «oscuridad y caos» [1]; del mar se yergue la serpiente que se retuerce, el Leviatán, símbolo del mal, con su fuerza destructiva, y Rahab, criatura monstruosa y primordial de las aguas del mar, el dragón que habita en el mar, símbolo de orgullo, de soberbia y de poder que se opone a Dios. (Sal 74, 13-14; 89, 10-11; Is 27,1; 51,9; Jb 26, 12) [1]. También hoy, prosigue León XIV, el mar está habitado por monstruos que, con su poder opresivo y destructivo, representan un peligro para la vida: «Mafias que trafican con la desesperación, traficantes que reducen a la esclavitud a mujeres y niños, y la indiferencia de muchos que permite que los pobres sean devorados por la explotación y el olvido».
La ruta migratoria hacia las Islas Canarias, conocida como «ruta atlántica», según los datos facilitados por el Consejo Europeo, es una de las más traicioneras y mortíferas. Desde Marruecos, Senegal, Mauritania y Gambia, a bordo de embarcaciones llamadas cayucos, decenas de miles de migrantes se enfrentan a las corrientes oceánicas en travesías que van de los 100 a los 1 600 km. En 2025 llegaron a Canarias 1 500 migrantes. Según Cáritas Diocesana de Canarias, también en 2025 «1 906 migrantes perdieron la vida en la ruta atlántica hacia Canarias, entre ellos 437 niños y adolescentes y 192 mujeres»[2]

El fenómeno migratorio es una realidad global, destinada a continuar dadas las condiciones económicas y políticas de muchos países del planeta, que interpela a los gobiernos occidentales, a las personas y a la Iglesia. El drama de los migrantes se convierte en piedra de tropiezo y ocasión de «examen de conciencia» para las naciones de origen, llamadas a crear condiciones concretas de desarrollo en justicia y paz; para las naciones de tránsito, que deben ser garantes del derecho e impedir que los migrantes sean víctimas de «redes criminales»; para Europa, «que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas», y para la comunidad internacional, «llamada a una cooperación eficaz y perseverante».
También la Iglesia debe considerar la acogida y la integración de los migrantes como una vía privilegiada para vivir la caridad, viendo a Cristo en el rostro de cada hermano que llega del mar. El papa León, con gestos significativos y palabras claras, proclama la fe en un Dios que levanta a los débiles y a los oprimidos, que salva del mal y mira a cada persona con amor infinito. Por eso, el Sucesor de Pedro se inclina ante la dignidad de cada migrante y afirma con fuerza: «¡No sois números, ni expedientes! Sois personas con una familia y un hogar que habéis dejado atrás, con sueños que nadie tiene derecho a menospreciar». [1] Por las historias de muchos migrantes sabemos que la mayoría de ellos se ve obligada a partir para poner a salvo su vida y la de sus seres queridos.
El Papa habla con gran delicadeza y empatía de la historia de Blessing, que había abandonado su país al no tener otra opción. Para ella, unas palabras preciosas que le devuelven su dignidad: «Si te han tratado como a una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija, eres hermana, eres una bendición. Tu vida no pertenece a quien te ha hecho daño; tu cuerpo no pertenece a quien se ha aprovechado de ti; ¡tus días no pertenecen a quien ha querido encadenarlos al miedo! Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que nadie puede arrebatarte».[1]
Para cada uno de nosotros, la pregunta que nos plantean cada hermano y cada hermana que llegan por mar: ¿hemos conservado la mirada de una humanidad llena de amor o hemos apartado la mirada con indiferencia?
«Mar nuestro que no estás en los cielos
y abarcas los confines de la isla y del mundo,
bendito sea tu fondo,
acoge a las embarcaciones repletas
sin rumbo sobre las olas
(…) que regresan por la mañana con la pesca de los náufragos salvados».
(Erri De Luca - Mare nostro).
[1]: Discurso del papa León XIV en el puerto de Arguineguín (Las Palmas de Gran Canaria), 11 de junio de 2026 – Viaje apostólico a España (6-12 de junio de 2026).
[2]: Entrevista a Caya Suárez, secretaria general de Cáritas Canarias, para el semanario diocesano de Padua «La difesa del popolo», 27 de mayo de 2026.
Cómo citar este artículo
Cristina Scorrano. (2026, 9 de julio). Queridos migrantes. Me arrodillo ante vuestra dignidad. RIIDblog. http://riidblog.org/es/post/09-07-2026/