Según Pavel Florenski1, la «dificultad fundamental» de la metafísica antigua radica en cómo conciliar la unidad con la multiplicidad.
Lo cual, aplicado al ámbito de la política, significa cómo integrar la unidad de una nación, de una institución o de un pueblo con la multiplicidad y el pluralismo de las diferencias que la componen, es decir, los ciudadanos, las instituciones intermedias, los grupos étnicos y las minorías.
Se ha producido una gran transformación: para Plotino, el Uno precedía, por dignidad ontológica, al ser. Para los posmodernos, toda la realidad es una diferencia infinita en la que la riqueza consiste en no participar en un universal, es decir, en nada que sea común a todos.
En política, cuando la unidad prevaleció sobre la multiplicidad, se produjo el triunfo del absolutismo del soberano. En la era poshumanista, en cambio, existe una especie de fiebre que quiere que la diferencia prevalezca sobre la unidad. Parece que solo la diversidad y la multiplicidad son buenas y que, por lo tanto, toda forma de unidad es coacción y obligación, es decir, el pecado original de la política.
Es significativa la posibilidad de que existan múltiples géneros (bisexual, pansexual, asexual, demisexual, polisexual, genderqueer…). O, en el ámbito etnológico, la exaltación «woke» de las comunidades minoritarias, para las que el valor de ser diferente se convierte en absoluto. Es el nuevo tribalismo del que habla Susan Neiman 2
La multiplicación de los géneros, la hibridación con los animales y el transhumanismo son expresiones del triunfo del individualismo y del rechazo de lo universal.
En el ámbito biológico, en cambio, las infinitas diferencias entre las células que constituyen un organismo vivo van de la mano de una estrecha complementariedad. Por ello, cada célula actúa de forma coordinada hacia un fin común. Solo en el cáncer se rompe esta relación. Allí, las células cancerosas son independientes de cualquier subordinación al organismo del que forman parte. Sin embargo, esta independencia conlleva la muerte del individuo y, con ella, la de las células cancerosas. Por otra parte, al estar las células sanas coordinadas hacia un fin unitario, reducen su grado de libertad a solo lo que es útil para el organismo
El problema de la unidad en la multiplicidad parece insoluble.
Rousseau buscó una solución al problema de cómo integrar las voluntades libres de los ciudadanos con el bien público sin que esto limitara en modo alguno la libertad personal, que Rousseau consideraba un absoluto.
Por desgracia, sabemos que la solución que propuso en su Contrato Social fue ilusoria, mitológica, irreal. Una solución que, a su vez, se cobró numerosas víctimas a manos de diversos epígonos del filósofo suizo.
Con otra solución, los liberales intentaron integrar la unidad social en la multiplicidad de las voluntades particulares mediante el concepto de interés privado y de intercambio: si cada uno persigue sus propios intereses, todos seremos más ricos y más libres.
Quizá esto funcione en el ámbito económico, pero el ser humano no es solo su economía y, cuando se interesa únicamente por su dimensión mercantil, se aliena. No en vano, la gran crítica de la modernidad a la sociedad de consumo pone de relieve el estado de locura de un espacio social que se limita únicamente al intercambio y a la compra.
El poshumanista contemporáneo ama la diferencia, la pluralidad. Es hijo de Proteo, el dios que podía transformarse en cualquier cosa, el señor de la diferencia.
El poshumanista tiembla de repugnancia ante cualquier postura universalista. Solo la diferencia es buena; solo la unidad es mala, porque es antitética a la primera.

Incluso la verdad se considera un peligro y un monstruo al que hay que cortarle la cabeza. Porque si la verdad es única, entonces es coercitiva, obliga a la obediencia. Por otro lado, si la verdad es múltiple, ligada al gusto del individuo, entonces son posibles juicios contradictorios en los que lo verdadero y lo falso tendrán el mismo valor. Pero para la posmodernidad no existe lo falso. Todo es verdad, cada cosa es una expresión relativa de la diferencia del individuo.
Se rechaza en bloque cualquier concepto que una: el género, la patria, la familia, la amistad.
Pero al hacer esto ocurre algo inesperado, un resultado imprevisible: el individuo que, al recorrer su propio camino, creía ser libre, se encuentra al final solo y sin vínculos.
Con un género diferente, en un cuerpo único, con un pensamiento independiente y con un deseo propio, uno se convierte en lo que en lingüística se denomina «idioglosia». Se trata de esas lenguas inventadas que resultan incomprensibles para el resto de la comunidad porque no forman parte de léxicos o sintaxis compartidos. No son más que simples sonidos incomprensibles.
Así, tristemente, al atardecer, el hombre-múltiple se encamina hacia convertirse en un idioleto humano. Que no comparte nada y al que nada se une,
Por otra parte, los poshumanistas nos sugieren que solo destruyendo el «hombre» universal se puede ser verdaderamente libre. No puede haber órdenes ni taxonomías, sino solo cartografías y rizomas, en la jerga de Deleuze y Guattari3. La libertad no puede sino pasar por la diferencia.
Pero, ¿merece realmente la pena perder toda relacionalidad, toda conexión comunitaria, en nombre de la libertad absoluta? ¿Es tan importante la libertad? ¿Tan fuerte como para destruir la vida misma? ¿Es la libertad el valor absoluto? Quizás no.
Quizás, tal y como hemos vivido durante tantos milenios, necesitamos relación, compartir. Compartir nuestra vida con los demás. Quizás la exaltación de la libertad como valor absoluto fue un fenómeno que dependió de un absolutismo tiránico: Para vencer la esclavitud fue necesario luchar por la libertad.
Pero en la modernidad ha ocurrido algo más sutil: se ha pasado del concepto de liberación de la esclavitud al de una ideologización de la libertad, verdadero tótem, fetiche inmóvil, que sustituye a Dios y que nos deja en la más absoluta soledad. Sin padres, sin familia, sin comunidad.
¿Por qué tanto dolor? ¿No será acaso que debemos rebajar la libertad de fetiche a la de una simple virtud, importante pero no absoluta?
El hecho es que nos debemos los unos a los otros. Todos. Como diría Fernando Rielo, nuestra plenitud, nuestra propia existencia, nuestra constitución ontológica está en la relación con el otro: "[El hombre] sabe que es alguien porque tiene conciencia de alguien que, al estar presente en su conciencia, lo convierte a su vez en alguien." 4 Esto significa que nuestra libertad no puede sino residir en la relación, que no será de subordinación ni de dominio, sino de complementariedad esencial.
Florenskij, P. A. (2012). Il significato dell’idealismo: La metafisica del genere e dello sguardo (N. Valentini, Ed.; R. Zugan, Trad.). SE. ↩︎
Neiman, S. (2024). Left is not woke (Edición ampliada y actualizada). Polity. ↩︎
Deleuze, G., Guattari, F., & Deleuze, G. (2009). Mille plateaux. Éd. de Minuit. ↩︎
Rielo, F., y López Sevillano, J. M. (2025). Conciencia, neurosis y su terapia. Editorial Dykinson. ↩︎