Teología y Fenomenología de la Religión

Amor y sexualidad

Tiziano Vecellio, Amor sacro y amor profano (detalle), c. 1514, Galería Borghese, Roma

Tiziano Vecellio, Amor sacro y amor profano (detalle), c. 1514, Galería Borghese, Roma


Introducción

«Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella… Además, en cada país o región se pueden buscar soluciones más inculturadas, atentas a las tradiciones y a los desafíos locales, porque “las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general […] necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado”».1

Amor y sexualidad

Según Mounier,2 el amor transfigura los rasgos más humildes como si sólo él pudiera descubrir las riquezas infinitas que duermen hasta en el ser más desgraciado.

El verdadero amor requiere de la legitimidad, de la pureza y de la inocencia, y se deteriora, más tarde o más temprano, si existe culpa, resentimiento, remordimiento, vergüenza o clandestinidad.

Lo que el hombre ha rechazado y sigue rechazando en nuestra época, para vivir con mayor libertad el sexo, se le convierte hoy, después de haber pasado por mucha destrucción y dolor, en la piedra angular: sólo el amor puede dar sentido, dirección y significado a la relación sexual.

En el amor pueden darse también estos tres niveles: la fascinación, el enamoramiento y la obsesión pasional, y también un cuarto nivel, que no tiene un paralelo negativo: el amor oblativo, cuya expresión máxima en la historia es el amor de Jesucristo; éste es donación y ofrenda de sí mismo y se nutre, no del placer egoísta, sino del renunciamiento y del sacrificio.

Peña y Lillo nos dice: «Toda forma de amor superior entre un hombre y una mujer implica una dosis de ascetismo y de castidad y supone siempre pureza, señorío y libertad». El sexo en el hombre desborda lo biológico, no es un acto instintivo y reflejo sino una conducta global de su psiquismo, de hondo significado personal. La sexualidad del hombre no es un mero impulso genésico ni una búsqueda instintiva de placer, sino una forma sutil y maravillosa de encuentro y de intimidad personal.

El sexo, la erótica y el amor son los tres escalones sucesivos del instinto genésico del hombre y expresan, cada cual en su nivel, las tres dimensiones básicas de su composición personal: el cuerpo, la psicología y el espíritu. La fuerza sexual, como todo lo biológico, es en cierto modo neutra y tanto su ética como su sentido personal dependen del espíritu, de su libertad. Puede ascender o descender, ennoblecer o degradar al individuo.

El amor humano es mucho más que una apetencia instintiva y no sólo desborda lo biológico, sino que es, en su esencia, irreductible a los procesos orgánicos y metabólicos que lo subyacen y lo posibilitan. No es tampoco un impulso psicofísico, sino un acto personal. Una relación directa y conflictiva entre dos libertades, la del hombre y la mujer. El hiper-erotismo actual se vincula intrínsecamente con valores que exaltan el éxito, el prestigio, la fascinación personal que intentan, tal vez, compensar el vacío, la soledad y la amenaza en que vive el hombre moderno. La vida sexual del hombre no es sólo una pulsión instintiva, y tanto su experiencia normal como su patología, tanto su educación como su terapéutica, requieren de algo más que de un adecuado funcionamiento de los mecanismos coitales o de una maestría de estimulación erótica.

Donde radica lo más específico de la especie humana es en su misteriosa capacidad de trascender los límites de su constitución biológica, ordenando su vida, no desde los impulsos genéticos sino desde los valores superiores de su conciencia moral. La sexualidad está a caballo entre dos mundos, el biológico y el personal.3

Desde el punto de vista estrictamente biológico es sin duda la función más importante del organismo. Desde el punto de vista personal es la conducta que compromete al hombre en la doble vertiente de su dignidad psicológica y espiritual.

Lo normal implica siempre la plenitud de una función; y la normalidad sexual —en esta perspectiva— requiere de una erótica responsable que no puede ser sino un sexo incorporado al amor.

El mito medieval de que el sexo era sólo moral y lícito como acto reproductivo, en vez de elevar su dignidad, lo rebajaba al nivel de la vida sexual de los animales. Como es sabido, las hembras sólo aceptan la cópula cuando están en celo, y sólo la mujer es receptiva al amor sexual con independencia total, tanto de la ovulación como del climaterio. El puritanismo buscaba el amor «sin caer en lo erótico» y el «hiper-erotismo» actual busca el sexo «sin caer en el amor».

En el Código de Derecho Canónico del 83 se señala que la sexualidad del hombre tiene una función procreativa pero también recreativa. Y que esta última es también importante se deduce fácilmente del hecho de que la esterilidad de una pareja no es causal de nulidad canónica y sí lo son la impotencia, la frigidez o la negativa de uno de los cónyuges a realizar el acto sexual.4

La sexualidad del hombre y la mujer, si bien son complementarias, no son equivalentes y existen entre ambas diferencias profundas y significativas que no son sólo modas o prejuicios culturales. La sexualidad del hombre es esencialmente imaginativa y óptica y la de la mujer, sensorial y táctil. La sexualidad masculina es inmediata y en cierto modo refleja, despierta con la fantasía o la visión estimulante del cuerpo de la mujer. La sexualidad femenina, en cambio, es más mediata e indirecta y requiere de una previa estimulación erótica (actitud, lenguaje, caricias corporales, etc.). Estas diferencias no son aprendidas sino genéticas y tienen una honda raíz biológica.

La sexualidad del hombre y de la mujer son biológica y psíquicamente distintas. Incluso la propia actitud cultural, con o sin justificación y por el solo hecho de existir, se convierte en una especie de fundamento secundario y en una verdadera «jurisprudencia psicológica». A la mujer, por ejemplo, se la educaba hace unos años, en cierto modo, contra la sexualidad, y al hombre, en cambio, se le exigían pruebas absurdas de su virilidad.

Si el amor es quien preside el acto sexual, los dos, hombre y mujer, harán el esfuerzo de donarse sin reservas y se preocuparán más del otro que de sí mismos. Estarán más pendientes de lo que necesita, siente y ama el otro que de sí mismos. Esta experiencia, de carácter hondamente espiritual, es mucho más fuerte y de mucha más calidad y satisfacción plena que aquella presidida por el egoísmo de quien piensa solamente en llegar sólo él a la satisfacción plena. Hay un más allá del orgasmo, que lo justifica y lo engrandece y, en el caso de que por alguna razón no se diera, el amor mismo lo cubre, no dándole importancia al hecho: el amor es dialogal, no impositivo; busca siempre el parecer del otro, que el otro esté cómodo, se sienta a gusto.

El verdadero problema sexual de la juventud no son las patologías, sino qué hacer con su sexualidad normal. Esta situación conflictiva, por cierto crucial para los jóvenes, tiene un origen más cultural que fisiológico. En efecto, la vida moderna, por razones especialmente de tipo socioeconómico y cultural, no permite establecer vínculos estables de pareja hasta después de los 20 o 25 años. El problema es cómo resolver la tensión entre un erotismo vigoroso y urgente y la imposibilidad práctica de su realización satisfactoria. Si bien la pubertad es un fenómeno estrictamente biológico, la adolescencia es en gran medida un hecho cultural. Y mientras la primera parece haberse adelantado, la segunda se ha retrasado y se retrasa siempre más. Y es aquí, en este punto, que adquiere mucha importancia la siguiente pregunta.

¿Es educable la sexualidad humana?

Todo lo expuesto anteriormente habla de la necesidad de que la libertad humana sea formada por el amor como la única posibilidad de que la sexualidad adquiera su sentido, dirección y significado, librándose así de la degradación a la que quedaría sometida si se quedara en las puras manos del instinto. El empobrecimiento de la sexualidad empobrece al ser humano: sexualidad degradada, ser humano degradado.

La mente, la voluntad y la unión con su libertad son facultades que no nacen educadas en ninguno de nosotros. ¡Bien sabe el asceta cristiano cuánto le cuesta durante toda su vida educar su mente, su voluntad y su libertad! Y, o las formamos con el amor, o no las formamos para nada, o sencillamente las deformamos.5 Ahora bien, ¿cuánto interviene la mente y la imaginación en la sexualidad humana, sobre todo masculina? ¿Cuánto interviene el deseo de la voluntad en el acto sexual? La no educación de estas facultades hace muy difícil y compleja la relación sexual: se convierte en impositiva, trata de prescindir del diálogo, se rompe la caridad y se entra en la falta de respeto.

Matrimonio

La palabra cónyuge, etimológicamente, significa: «los que viven atados al mismo yugo». El matrimonio, en cualquiera de sus formas religiosas o culturales, hace posible un compromiso estable y responsable de la pareja humana, así como permite constituir un hogar. El matrimonio, ateniéndonos a las experiencias históricas, es el nido más seguro y equilibrado para los hijos, aunque, como en todos los campos, hay excepciones.

Si en el matrimonio civil la unión de los cónyuges es horizontal, en el matrimonio-sacramento, uniéndose los dos a Cristo, adquiere dimensión sobrenatural: están llamados a vivir sobre su propia naturaleza. La unión sacramental les pide que se amen entre ellos con el mismo amor con que Cristo los está amando a los dos, es decir, que se amen con el amor divino, no tanto con su pobre e imperfecto amor humano. Cumplen en su propia carne el mandamiento de Cristo: «amaos como Yo os he amado».6

El amor conyugal cristiano y el matrimonio civil no son una mera búsqueda del placer, sino un entrelazamiento profundo de dos vidas que se entretejen en un destino común con identidad de propósitos y de intereses, tanto humanos como, y sobre todo, espirituales y religiosos. Donde nos reconocemos personas no es precisamente en nuestra carne, que sufre tantas transformaciones a través de la vida, sino en nuestro espíritu.

Los matrimonios formados por esposos afectivamente maduros valoran la sexualidad en sus aspectos sensuales y en aquellos que van más allá del significado biológico, particularmente los sentimientos de ternura y de amor personal y asimismo los de participación mutua en la procreación.

La relación sexual es una cuestión de comunicación y, al igual de lo que acontece con las palabras, algunas personas se expresan mejor que otras. La sexualidad se extiende más allá del puro contacto corporal: una caricia, un abrazo y la ternura expresada en el mismo lenguaje hablan de sexualidad sin que necesariamente haya sexo.

Desde el punto de vista religioso, el matrimonio ya no es una institución sólo y exclusivamente destinada a la procreación, sino que, aparte de lo que tiene de recreación, tiene también —como objetivo fundamental— alcanzar juntos la santidad de vida para la que han sido destinados por Dios. Es esta aspiración a la santidad de los dos el vértice hacia el cual se mueven todos los demás actos, personales y en común, de ese matrimonio.

La sexualidad humana es fuente de innumerables bienes para los esposos, o la pareja. Dentro del matrimonio está el marco más apropiado para una adecuada expresión sexual plena del varón y la mujer. Es también verdad que los esposos, a veces, no tienen el conocimiento suficiente sobre la fisiología de su sexualidad y de la de su pareja, así como sobre sus disfunciones o patologías, que se presentan como trastornos de la actividad sexual. En estos casos, por lo que algunos de ellos tienen de sospecha de infidelidad, se hace necesario ir a un especialista en sexualidad humana; uno de ellos podría ser el mal funcionamiento de la glándula de Bartolino en la mujer, pero hay muchos más.

En el capítulo XIII de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios aparece una hermosa interpretación del amor:

«El amor es paciente, cariñoso, sin envidia, no es presuntuoso, ni vanidoso, no es violento, ni egoísta u ofensivo. El amor no mantiene rencores y se deleita en la verdad. Todo cubre, todo cree, todo espera y todo soporta… la fe y la esperanza pasarán, pero el amor no pasará».7

Otto Dörr Z.8 dice: «el amor es un sentimiento que invade la totalidad del individuo y que se caracteriza porque el que ama no concibe un mundo en el que esté ausente la persona amada». El necesitar a otra persona sólo por compañía significa dependencia, no amor. En el amor maduro la sensibilidad a las necesidades del otro es constante y uno se entrega sin egoísmo con el fin de enriquecer la vida del otro. Se alegra más por los éxitos del otro que por los suyos.

No existe en rigor patología alguna que pueda atribuirse a la continencia y a la abstención sexual, y es absolutamente infundado el conocido mito de enfermedades que mejoran con el matrimonio, que llevó a recomendar irresponsablemente uniones conyugales prematuras y avaló la promiscuidad sexual. El hombre, «asceta de la vida», según la bella metáfora de Max Scheler, transforma y trasciende constantemente sus impulsos y canaliza «su energía latente hacia el espíritu que habita en él».9


  1. Francisco, Exhort. ap. postsinodal Amoris laetitia, 3, que cita: Discurso en la clausura de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (24 octubre 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 30 de octubre de 2015, p. 4; cf. Pontificia Comisión Bíblica, Fe y cultura a la luz de la Biblia. Actas de la Sesión plenaria 1979 de la Pontificia Comisión Bíblica, Turín 1981; Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 44; Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 52: AAS 83 (1991), 300; Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 69.117: AAS 105 (2013), 1049.1068-69. ↩︎

  2. Cfr. MOUNIER, E. El Personalismo. Ed. Cuadernos de Eudeba, Buenos Aires, nov. edición, 1972, p. 8. ↩︎

  3. PEÑA Y LILLO, S. Amor y sexualidad (Sexo, erótica y amor). Ed. Universitaria, Chile, 1990. En esta obra, Sergio Peña y Lillo analiza la sexualidad y la erótica humana, integrándolas dentro del marco superior del amor, desde una perspectiva médico-antropológica, psicológica y psiquiátrica. Fue profesor de Psiquiatría de la Universidad de Chile. ↩︎

  4. Cfr. Ibid. ↩︎

  5. Cfr. RIELO, F. Concepción mística de la antropología. Ed. Fundación F. Rielo, Madrid, 2012, pp. 119-123. ↩︎

  6. Jn 13, 34-35. ↩︎

  7. 1 Cor 13, 1-12. ↩︎

  8. Cfr. DÖRR Z., O. Psiquiatría antropológica (Contribuciones a una psiquiatría de orientación fenomenológica-antropológica). Ed. Universitaria, Chile, 2017. Reúne ensayos de varias décadas donde cruza la ciencia, la psicopatología y la literatura, analizando autores como Goethe, Rilke y Kierkegaard. ↩︎

  9. Cfr. RODRÍGUEZ GUERRO, A. Fenomenología en Max Scheler (El formalismo en la ética y la ética material de los valores). Tesis doctoral, Angelicum, Roma, 1982. ↩︎

Cómo citar este artículo
Angel Rodriguez Guerro PhD. (2026, 30 de octubre). Amor y sexualidad. Rielo Institute for Integral Development. https://riidblog.org/es/post/30-10-2026/


Ver también