Si la verdad está en el fondo del pozo…

Pozo místico a la luz de la luna - Claro de luna, pozo, bosque

Hay diálogos, escritos en libros memorables, que se imprimen en nosotros, se sedimentan en la memoria; misteriosamente, vuelven a los pensamientos como chispas de un fuego.

En la novela de Leonardo Sciascia El día de la lechuza (Il giorno della civetta), el mafioso don Mariano Arena, dirigiéndose al capitán de los Carabineros Bellodi, afirma: «La verdad está en el fondo de un pozo: usted mira en un pozo y ve el sol o la luna; pero si se tira abajo ya no hay ni sol ni luna, está la verdad».1

En la era digital, ¿tiene todavía sentido «bajar al fondo de un pozo» para buscar la verdad? ¿Cómo debemos situarnos, hoy, ante lo que Juan Pablo II define como «la crisis de la verdad», «la pérdida de referencias universales de la verdad»?2

Buscar la verdad sobre uno mismo, sobre el mundo, también sobre Dios, ¿es un rasgo constitutivo del ser humano? En el tiempo del dominio de la tecnología y de la IA, ¿cómo ejercer el pensamiento crítico para frenar la deriva del «puro poder carente de verdad que impone sutil o abiertamente lo que quiere que los demás consideren verdadero» (Magnifica Humanitas, 133)?3

La cuestión de la verdad ha sido siempre central en la filosofía. En la antigua Grecia el término para indicar la verdad es alétheia (de la alfa privativa y léthe, que significa «oculto»): la verdad es lo que es «manifiesto, desvelado, lo que sale a la luz». Antes de la filosofía, la palabra de los mitos y la palabra inspirada de los poetas desvela la verdad de la realidad y desafía al tiempo haciendo inmortales a los héroes y sus hazañas; saca a la luz, con la clarividencia propia de los poetas, lo que han establecido los dioses y es invisible a los ojos.

Con Platón la verdad ya no es alétheia sino orthótes, es decir, «exacta correspondencia entre las Ideas y las realidades del mundo».4 La verdad adquiere una dimensión universal, absoluta. Las Ideas, eternas e inmutables, habitan en el Hiperuranio y solo el alma, que en su origen habitó el Hiperuranio, puede acceder a su conocimiento. El camino de conocimiento que conduce a la verdad es, para Platón, anámnesis, es decir, «recuerdo, reminiscencia», memoria de las realidades con las que el alma entró en contacto en el Hiperuranio. Solo a través del alma, prisionera del cuerpo, puede el hombre llegar a la Verdad. En el Fedón Platón afirma:

Nos acercaremos tanto más al saber cuanto menos relación tengamos con el cuerpo, (…) no nos dejaremos contaminar por la naturaleza del cuerpo, sino que nos mantendremos puros del cuerpo (…) conoceremos en la pureza de nuestra alma todo lo que es puro: esto, pienso yo, es la verdad.5

Nace así la dicotomía cuerpo/alma que tanto ha influido en la filosofía occidental.

También en el célebre mito de la caverna se traza el camino que lleva al hombre al reconocimiento de las Ideas, a la verdad. Una vez que el hombre sabio se ha liberado de la prisión de la caverna y de la visión ilusoria de la realidad, una vez que ha contemplado la Verdad, debe volver a la caverna para liberar a los hombres todavía prisioneros de la oscuridad; la verdad es liberación, curación de la apariencia engañosa de las cosas del mundo.

En un diálogo que quedó inacabado, el Critias, Platón define además el poder de las palabras persuasivas, capaces de manipular el ánimo de los hombres. «La persuasión –escribe el filósofo– acompaña tanto a las palabras de verdad como a las palabras de engaño; quien la posee puede servirse de ella como de un timón según sus propios designios».6

El papa León XIV, en la encíclica Magnifica Humanitas, vislumbra el poder persuasivo y manipulador de los medios tecnológicos:

Quienes disponen de poderosos recursos técnicos y económicos –y con ellos también de muchos recursos humanos para intervenir– tienen una importante capacidad de inducir cambios culturales y, en última instancia, de convencer a un número significativo de personas sobre cuál es la verdad acerca del ser humano, del mundo, del sentido de la existencia, de la familia, incluso de Dios.

En el tiempo de la IA es urgente redescubrir el valor de la búsqueda de la verdad y del desarrollo del pensamiento crítico, conscientes de que estamos ante una tecnología cuyos límites no alcanzamos a ver y cuyas implicaciones no conocemos del todo. Estamos ya inmersos en una «infosfera»,7 como llama el filósofo Luciano Floridi al mundo digital, en la que la representación de lo real tiene más valor que la realidad misma. La verdad puede ser «construida» y puesta al servicio de los intereses de los pocos que detentan el poder de los medios digitales. Parece haberse impuesto el pensamiento de F. Nietzsche: no existen «hechos», sino solo «interpretaciones», y el estatuto de la verdad, privada de toda referencia universal, se considera manifestación de la voluntad de poder del hombre. Escribe Nietzsche en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral:

¿Qué es la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos; en resumen, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas poética y retóricamente, que han sido trasladadas y adornadas, y que tras un largo uso le parecen a un pueblo firmes, canónicas y vinculantes: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son.

En un volumen de inéditos de M. Foucault, Historia de la verdad, el filósofo, al argumentar sobre el problema de la verdad, afirma que la verdad está siempre arraigada en un contexto histórico y que existe una relación entre poder y saber: todo poder «construye» sus saberes, sus verdades.8

Volviendo a las palabras iluminadoras de la encíclica del papa León, podemos reafirmar el fundamento metafísico de la verdad y que una sociedad es «noble y respetable» por el apego que muestra hacia las verdades fundamentales y porque promueve la búsqueda de la verdad (Magnifica Humanitas, 133). La verdad debe considerarse un «bien común»: es el fundamento de la democracia, se nutre de diálogo, de verificaciones, de responsabilidad compartida, de comunicaciones veraces y transparentes, de confianza, de adhesión a los hechos. El desinterés por la verdad es peligroso para la existencia de cada persona y para la vida civil y política de la sociedad, también y sobre todo en la era digital.

Para los cristianos la Verdad es Cristo, «camino, verdad y vida»; siguiendo a Cristo, que calla ante Pilato cuando este le pregunta, en tono de juicio, qué es la verdad, los cristianos deberían asumir el compromiso de dar testimonio de la verdad con una vida coherente y auténtica y con un interés orientado al bien común.

San Agustín, en el De vera religione, afirma que en la interioridad del hombre habita la Verdad. La Verdad es la luz, la iluminación que viene de Dios, que está en todo hombre.

«Si la verdad mora en todo hombre –afirma el filósofo U. Galimberti–, renunciar a la búsqueda de la verdad significa renunciar a ser hombres».9


  1. L. Sciascia, Il giorno della civetta, Adelphi, 1993. ↩︎

  2. San Juan Pablo II, Carta Enc. Veritatis Splendor, 6 de agosto de 1993, 32. ↩︎

  3. León XIV, Carta Enc. Magnifica Humanitas, 15 de mayo de 2026, 133-134. ↩︎

  4. M. Heidegger, L’essenza della verità, Adelphi, 1997. ↩︎

  5. G. Reale – D. Antiseri, Il pensiero occidentale dalle origini ad oggi, La Scuola, 1988. ↩︎

  6. Platón, Crizia, ed. de A. Belli, Società editrice Dante Alighieri, 2001. ↩︎

  7. L. Floridi, Etica dell’intelligenza artificiale, Raffaello Cortina Editore, 2025. ↩︎

  8. M. Foucault, Storia della verità, Einaudi, 2026. ↩︎

  9. U. Galimberti, Le disavventure della verità, Feltrinelli, 2025. ↩︎

Cómo citar este artículo
Cristina Scorrano. (2026, 24 de octubre). Si la verdad está en el fondo del pozo…. Rielo Institute for Integral Development. https://riidblog.org/es/post/24-10-2026/