Quiero saber si la justicia es posible…
El famoso verso de David Maria Turoldo introduce esta breve y, sin duda, incompleta reflexión sobre la «justicia», un tema que suele estar en el centro de debates y reivindicaciones. Preguntémonos cuál es el significado del término «justicia» en una sociedad globalizada, multicultural, dominada por las leyes del mercado y la tecnología, y, sobre todo, ¿sobre qué fundamento se puede anclar el concepto de «justicia» si los referentes religiosos y morales ya no son válidos ni compartidos? ¿Es justa una sociedad que habla con el lenguaje de las armas? En estos días, los términos más repetidos en el debate público son los relacionados con la guerra, la violencia, la muerte de personas inocentes y los ataques armados. Parece que el hombre es presa de una sed inagotable de poder y solo es capaz de concebir proyectos de destrucción, agresión e invasión de espacios que pertenecen a otros. También el papa León XIV, en el Ángelus del domingo 15 de marzo, llamó la atención sobre las «dramáticas situaciones de injusticia, violencia y sufrimiento que marcan nuestro tiempo».
Una época caracterizada también por peligrosas derivas autoritarias, mientras que los ciudadanos occidentales, como afirma el filósofo J. Habermas, fallecido el pasado 14 de marzo, tienden a convertirse en «monadas aisladas que actúan únicamente en función de su propio interés». El bien común parece quedar en un segundo plano y el tejido social muestra signos de desintegración y, a menudo, margina a los sujetos más frágiles, negándoles sus derechos. La reflexión sobre la justicia es objeto de las investigaciones y el pensamiento de J. Habermas, filósofo alemán recientemente fallecido, a quien quisiéramos dedicar un breve recuerdo.

En la que se reconoce como su obra más significativa: «Teoría de la acción comunicativa», ed. Il Mulino, 1981, Habermas critica la modernidad basada en la racionalidad «instrumental», capaz de conocer los vínculos entre las cosas, instrumento no solo de conocimiento, sino también de dominio y manipulación, y propone una racionalidad «comunicativa» basada en el diálogo, inherente a la intersubjetividad, tendente al entendimiento entre sujetos libres y pensantes, que tiene como objetivo el entendimiento (Verstandigung) entre los seres humanos. El acto o la acción comunicativa de dicha racionalidad comunicativa debe caracterizarse por la verdad, la veracidad y la justicia. La acción comunicativa fundamenta el ideal de justicia en el diálogo público argumentativo sobre cuestiones de derecho y normas compartidas.
La forma institucional de la democracia «deliberativa» surge de esta racionalidad dialógica y procedimental. En democracia, todos deben ver reconocidos sus derechos, todos deben ser escuchados y comprendidos. El bien común nace en y del proceso de comunicación racional que se impone mediante la argumentación, no mediante la fuerza violenta y prepotente.
Si bien podemos apreciar la racionalidad dialógica con la consiguiente comunicación auténtica y constructiva, contrapuesta a la racionalidad instrumental con una comunicación basada en eslóganes y carente de la dimensión intersubjetiva y de la estructura argumentativa del discurso público —lo que abre la puerta a posibles desviaciones antiliberales—, debemos señalar que el concepto de «justicia» propuesto por Habermas carece de referencias valorales que garanticen, más allá del consenso compartido, los derechos y las normas. En la tradición cristiana, en cambio, podemos encontrar el fundamento metafísico y el estatus veritativo de la «Justicia».
Para los cristianos, la «Justicia» es la característica de Dios, se fundamenta en Dios; su acción en la historia de la salvación se perfila en su fidelidad a la Alianza sellada con Abraham, Isaac y Jacob, y llevada a su cumplimiento definitivo en el Hijo, Jesús.
El papa León XIV, en la inauguración del Año Judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano, afirmó que la tradición cristiana siempre ha visto en la justicia «una virtud fundamental para el orden de la vida personal y comunitaria». Recordando a san Agustín y su afirmación «ordinata dilectio est iustitia», reitera que del orden del amor proviene también el orden de la justicia. Santo Tomás define la justicia como la voluntad «constante y perpetua de dar a cada uno lo que le corresponde» y sostiene que la justicia está ordenada al bien común y está arraigada en la verdad de cada persona.
A la luz de estas consideraciones y pensando en las tantas guerras que ensangrientan la tierra y causan la muerte de miles de seres humanos, ¿podemos seguir creyendo que la justicia es posible? ¿Son posibles vías de diálogo que conduzcan a la paz?
«Pero no creas a quien pinta al ser humano como una bestia coja y a este mundo como una bola al final. No creas a quien tiñe todo de oscuridad y sangre. Lo hace porque es fácil hacerlo. * Solo estamos confundidos, créelo. Pero sentimos. Todavía sentimos. Todavía somos capaces de amar algo.* Todavía sentimos compasión. Ahora te toca a ti, a ti te toca limpiar estas costras de las cortezas vivas.
Hay esplendor en cada cosa. Yo lo he visto. Ahora lo veo más. Hay esplendor. No tengas miedo. (Mariangela Gualtieri).