Teología y Fenomenología de la Religión

Lo que se perdió: la tragedia de la amnesia metafísica

Vilhelm Hammershøi, <em>Descanso</em> (1905), Musée d’Orsay, París

Vilhelm Hammershøi, Descanso (1905), Musée d’Orsay, París


¿Y si no somos capaces de construir una buena sociedad humana porque no somos capaces de recordarla?

En el principio, cuando Dios creó todo lo que existe (lo visible y lo invisible), la vida de los seres humanos era pura en todos sus aspectos, y éramos perfectamente libres para gozar de la buena vida humana que había sido ordenada para nosotros. En el principio, nuestra Libertad era inmediata y plena. Ahora, en cambio, nuestra Libertad llega cuando volvemos a entrar en perfecto equilibrio con el Absoluto. La Libertad es esencial al ser humano, pero se alcanza con mucho esfuerzo, y solo por la sangre de Cristo Jesús, el Redentor de Lo que se perdió. Y la Libertad alcanzada por nuestra redención no se orienta de inmediato al disfrute de la creación: ante todo impulsa necesariamente al creyente a ponerse al servicio de la restauración de la bondad de la vida humana.

En la última serie de artículos que escribí para el RIID, cuando se me pidió reflexionar sobre la relación entre la vida interior y el Desarrollo Humano Integral, consideré importante explicar primero que alcanzar la Libertad es esencial para pasar de la vida interior a la participación en el proyecto del Desarrollo Humano Integral. Es decir, sostuve que la Libertad no es una condición a priori (como erróneamente la entendemos en nuestra época moderna) que los gobiernos deben proteger; la Libertad es, más bien, el estado ordenado que resulta de una vida puesta en perfecta alineación —a través de la vida interior— con Dios Todopoderoso. Y al llegar a esta alineación —a este perfecto equilibrio— alcanzamos el estado de Libertad en el que elegimos espontáneamente una tarea en la que participar, que hace avanzar el proyecto del Desarrollo Humano Integral.

Para expresar de otro modo esta alineación con la Divinidad, podemos considerar lo que san Agustín nos propone en su obra De Trinitate (Libro X).1 Agustín muestra que toda nuestra mente está hecha para estar en perfecta alineación con la Trinidad divina: la memoria, el entendimiento y la voluntad son las tres funciones distintas, y sin embargo unidas, de nuestra mente. O bien, desde otra perspectiva que da algo más de precisión al pensador moderno: nuestra mente está hecha para recordar lo que ha sido, contemplar lo que es y esperar lo que será. Estas tres funciones de la mente deben operar plenamente cada una en su ámbito y en plena integración entre sí, de modo que lo que se recuerda plenamente se comprenda plenamente y se quiera plenamente —simultáneamente, en resonancia con la Trinidad de Dios.

Y, sin embargo, al leer los bellos pensamientos de Agustín, me pregunto: ¿cuáles son esas cosas que las funciones de la mente humana están hechas para meditar, de modo triple, tan íntimamente con nuestro Creador?

Me parece que la mente humana está hecha para recordar, comprender y querer lo que procede en primer lugar de la Divinidad. Veo la belleza de este diseño como una resonancia de nuestra mente triple con la Santísima Trinidad, que contempla a la Divinidad, como en el incesante canto de alabanza de los cuatro seres vivientes en Apocalipsis 4,8: «Santo, santo, santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene».

Así pues, lo que mi mente está hecha para recordar, comprender y querer son las primicias que proceden directamente de la santidad divina del Señor Dios Todopoderoso. Son las primicias que sin duda existen desde el principio, existen ahora y existirán en el tiempo venidero, como Jesús nos enseñó a orar: venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Son estas las primicias que anhelo guardar en mi mente triple. ¡Alabado sea el Creador Todopoderoso: qué mente tan hermosa nos ha dado para pensar en sintonía con lo Divino!

Pero ¿cómo nos ayudan estas maravillosas enseñanzas sobre la mente humana triple a orientarnos hacia la obra del Desarrollo Humano Integral? Este es otro modo de considerar la noción de Libertad que, a mi juicio, es el punto de partida con el que el cristiano une la vida interior a la obra del Desarrollo Humano Integral: la Libertad es el estado en el que se actúa para ser útil a la obra del Desarrollo Humano Integral después (no antes, ni a priori, como querría el pensamiento ilustrado) de haber alcanzado la perfecta alineación triple de mente, cuerpo y alma con la Trinidad divina.

Si aceptamos esta premisa, la pregunta siguiente se plantea por sí sola: ¿qué debe hacer exactamente quien se encuentra en tal alineación con el Absoluto para contribuir al crecimiento del cuerpo de Cristo? ¿Hacia dónde orienta sus intenciones cada persona, o el cuerpo entero de la Iglesia? ¿Y cuál es la base fundamental, en todos sus aspectos, sobre la que una sociedad entera adquiere una buena forma?

Para reflexionar sobre estas preguntas son útiles también los preceptos de Agustín sobre el «uso» (De doctrina christiana, Libro I, capítulos 3-5).2 Usar (uti), según Agustín, es servirse de algo para obtener lo que se ama o se desea. Todo en la creación —incluidos los demás seres humanos, los objetos físicos y los conceptos intelectuales— está destinado a ser usado como medio para acercarse al gozo de Dios. Agustín nos ofrece así otra gran clave para entender el Desarrollo Humano Integral: como el camino puesto ante la humanidad, desde nuestra separación de Dios, para volver a gozar de Dios y de la creación que Él hizo para nosotros.

Este camino puede entenderse como poner en obra lo que la propia mente recuerda, comprende y quiere en sintonía con la mente de Dios. Pero para ello hay que recordar plenamente y, a la vez, comprender plenamente y, a la vez, querer plenamente (en alineación con la Trinidad divina), para hacer de la propia mente un instrumento de la obra de la Iglesia o, como nos gusta decir aquí, del Desarrollo Humano Integral.

Tal como yo lo entiendo, pues, el Desarrollo Humano Integral coincide con el uti que describe Agustín. Sostendré, por tanto, que la obra del Desarrollo Humano Integral es una misma cosa con el Uso de la mente humana plenamente alineada, en un estado de perfecto equilibrio con la Fuente, que refleja puramente el Absoluto en todos sus aspectos. Es decir, el Uso es la Libertad de poner en obra lo que una mente humana, reflejando la Divinidad Absoluta, genera de modo particular en cada persona y al unísono con toda la Iglesia de Cristo.

Pero ¿con vistas a qué? Cuando contemplo el concepto de Desarrollo Humano Integral, mi mente quiere responder a esta pregunta: ¿qué es fundamental para el Desarrollo Humano Integral? ¿Qué hay que enfocar como absolutamente necesario para lograr una buena sociedad?

La mente humana ha dedicado a esta pregunta una atención extraordinaria mucho antes de que el Papa Pablo VI elaborara el concepto de Desarrollo Humano Integral (Populorum Progressio, 1967).3 Podemos seguir este qué desde la idea de que «el número es todo» de Pitágoras (ca. 570-490 a. C.)4 hasta el razonamiento de Parménides (finales del siglo VI – mediados del siglo V a. C.), según el cual el cambio es una ilusión y la realidad última debe ser inmutable, eterna y una.5 De ahí podemos entender cómo en el Fedón Platón (428/427–348/347 a. C.) elaboró el mandato de recordar las Formas para traerlas del reino celeste y abstracto a la experiencia humana.6 Después, Aristóteles (384-322 a. C.) nos dio las «Formas inmanentes»: la idea de que la esencia estructural de las cosas se encuentra dentro de la materia física.7 Más tarde, Plotino (204/205–270 d. C.) sostuvo que, contemplando las Formas, el alma humana podía invertir su caída y ascender de nuevo a la unión con lo Divino.8 A partir de aquí, Agustín (354-430 d. C.) afirmó que las Formas están en la mente de Dios.9 Y Tomás de Aquino (1225-1274) sostuvo que las Formas sustanciales son, por designio divino, lo que da a las cosas su naturaleza esencial y su identidad.10 Kant (1724-1804) trasladó luego el concepto de Formas a la psicología, sosteniendo que son «formas de la sensibilidad», la arquitectura mental interna, inscrita en la conciencia humana, que configura el modo en que percibimos la realidad.11 Cerrando el círculo, el filósofo analítico Frege (1848-1925) devolvió la discusión sobre las «Formas» al Tercer Reino —distinto del reino físico y del mental— donde la verdad objetiva existe con independencia de la mente humana.12

Aún hoy, la búsqueda humana de comprender plenamente las Formas continúa en los filósofos modernos, cuyas obras se sitúan dentro y fuera del corpus del Pensamiento Social Católico. Desde la razón secular, Nussbaum (1947–) propuso sus diez capacidades humanas, sosteniendo que existe un modelo objetivo y universal de lo que significa vivir una vida humana plenamente realizada y digna,13 y Sen (1933–) ofreció el práctico «enfoque de las capacidades», que nos llama a aliviar el sufrimiento donde podamos, aunque no logremos comprender plenamente las Formas perfectas.14

Construyendo el cuerpo teológico sobre las Formas, y dando forma al Pensamiento Social Católico moderno, la Rerum Novarum (1891) del Papa León XIII insistió en que debemos conformarnos a la Ley Eterna, la Forma perfecta e inmutable de Dios para la justicia y el orden cósmico.15 Brillante filósofo personalista, el Papa Juan Pablo II (1920-2005) nos llamó a recordar la dignidad humana como realidad absoluta y objetiva (Centesimus Annus, 1991, y Veritatis Splendor, 1993),16 17 y el Papa Benedicto XVI (1927-2022) expuso una visión bien estructurada y llena de matices según la cual toda Forma sin Verdad está vacía, y la Verdad es una realidad objetiva fuera de nosotros a la que debemos alinear nuestra mente (Caritas in Veritate, 2009).18

Para mí, quizá, la aportación más inspiradora al concepto de Formas es la que nos ha devuelto al principio y a la relación de amor con el Padre. Fernando Rielo (1923-2004) propuso que la realidad está formada por la «concepción mística del Absoluto»: los seres humanos llevamos una impronta genética de lo Divino —una capacidad interior puesta por Dios en nuestro espíritu—, y por eso nuestra capacidad de percibir conceptos nace de una comunicación directa y abierta con el Absoluto.19 Esto explica por qué, en todas las épocas, los seres humanos buscan concebir las Formas del Absoluto. La razón de nuestra fascinación por las Formas es sencilla: es el Creador quien nos atrae hacia ellas. Y Rielo nos muestra cómo hacerlo: en una comunicación directa, radical y abierta con el Absoluto.

Este conjunto de reflexiones humanas sobre lo que es esencial para una buena vida y una buena sociedad merece ser estudiado. En verdad, nuestra preocupación común por realizar el bien en todos los ámbitos de la vida humana está entre las funciones más altas de la hermosa mente humana con que nos ha dotado el Creador. Y recomiendo este estudio a quien tenga inclinación a recorrer los pensamientos más altos de la humanidad sobre el bien social. Sin embargo, no deseo componer una reseña más de lo que las mentes humanas han pensado hasta ahora. Muchos otros, más aptos que yo para la tarea, ya lo han hecho muy bien.

Vilhelm Hammershøi, <em>Interior, Strandgade 30</em>

Vilhelm Hammershøi, Interior, Strandgade 30

El Señor, en cambio, atrae mi mente a considerar esto: Lo que se perdió. No me lo planteó como una pregunta, aunque mi mente buscó de inmediato descubrir lo que aún no se le había revelado. Lo que se perdió me llegó más bien como el enunciado de un misterio, en el mismo momento en que a mi mente se le daba una visión. Junto con este misterio, Lo que se perdió, vi un largo prisma tridimensional y, en el extremo izquierdo de mi visión, un bloque de ese prisma cerrado, como si estuviera encerrado en cemento, mientras que la otra parte, más amplia, estaba abierta y, al parecer, casi vacía. En ese momento comprendí que ese largo prisma es la historia humana de la contemplación. Entendí enseguida que el objeto era una línea del tiempo cuyo comienzo está cerrado en un material sólido, como de roca, mientras que el resto está abierto pero en su mayor parte vacío. Mi mente se concentró instintivamente en la parte densa y cerrada, y se maravilló ante ella. Y a ese asombro no expresado oí al Señor responder: es Lo que se perdió.

Mi mente meditaba en esto mientras mi corazón lloraba nuestra trágica pérdida. Comprendí que hay «cosas» —ciertos tipos de Formas, como las Formas de Platón— que existían al comienzo de la historia humana y que, con nuestra caída, como consecuencia de nuestra elección soberana ante Dios, quedaron cerradas y se perdieron para nosotros. Indagué este misterio con una sola pregunta: ¿qué se perdió, desde el principio, del modo de ser humanos? E intuitivamente se me presentó esta lista, rápidamente, en este orden preciso, de la que espero decir más en otra ocasión:

  • Vulnerabilidad
  • Placer
  • Deleite
  • Sencillez
  • Confianza
  • Certeza
  • Calma
  • Paz
  • Habilidad
  • Conocimiento
  • Colaboración
  • Codependencia

Y se me dijo: busca estas cosas y alcanzarás tu meta. Además de la lista, se me dio una advertencia para ayudarme a entender por dónde empezar en mi búsqueda de comprensión de Lo que se perdió. Se me dio este razonamiento para ayudarme a comprender las Formas: en el principio la Honestidad no existía, porque no había mentira. Con el mismo razonamiento puedo deducir que la Justicia no existía, porque no había violación. Y así podemos razonar que muchas otras cosas que suponemos esenciales para una buena sociedad humana no eran necesarias en el principio, porque vivíamos en la Bondad Absoluta y en la perfecta Libertad de gozar de todas las cosas buenas de la creación que nos rodeaba. No son, por tanto, cosas de este tipo las que figuran en la lista de Lo que se perdió. En la lista solo están las cosas que existían desde el principio. Esta lista y estos pensamientos sobre el misterio de Lo que se perdió me acompañaron durante algunas semanas, hasta que empecé a leer la descripción que Agustín hace de la mente humana como una santa trinidad de memoria, entendimiento y voluntad, hecha para resonar con la Trinidad divina, que era, que es y que viene.

Así, teniendo en cuenta el retrato agustiniano de la mente humana en plena alineación con la Trinidad divina, y la concepción —que me resulta muy útil— de la función propia de la mente que luego entra en el Uso, que yo identifico con el Desarrollo Humano Integral, comprendí que Lo que se perdió es algo a lo que los seres humanos ya no tienen acceso con la mente. Está cerrado, como encerrado en cemento. Por tanto, Lo que se perdió no está en nuestra memoria. Y, siguiendo la lógica de Agustín: si no está en nuestra memoria, no está en nuestro entendimiento; y si no está en nuestro entendimiento, no está en nuestra voluntad.

Esto es desconcertante, porque cualquiera de nosotros podría dar una definición aparentemente buena de las cosas importantes de esta lista. Por ejemplo, la Calma. ¿Qué es la Calma? Podría decir que es un estado de reposo libre de ansiedad. Me gusta la Calma: podría escribir un hermoso poema sobre la Calma. Busco conscientemente alcanzar la Calma cada día, es muy importante para mí, y varias personas me han dicho que tengo talento para irradiar y difundir Calma. Sin embargo, por mucho que me guste vivir en este bien y difundirlo todo lo posible, me resulta muy difícil mantenerlo. Soy inquieta, me preocupo, tengo miedo, dudo, lucho con toda clase de nerviosismos que afligen mi mente y mi cuerpo; incluso mi espíritu, tan enamorado de Cristo, se turba con frecuencia. Aun así, la Calma es muy buena: sé reconocer cuándo siento su presencia en mí y en quienes me rodean, aunque sea fugaz. Quisiera que toda la humanidad viviera siempre, en la medida de lo posible, en el estado de Calma, y desearía mucho ser puesta a buen Uso para lograr la Calma por el bien de la sociedad humana.

Pero ¿ven ustedes la limitación de mi reflexión? ¿Comprendo de verdad qué es la Calma? ¿Sé de verdad cómo traer la Calma para mí misma o para toda la humanidad en el proyecto del Desarrollo Humano Integral? No, no lo sé. Sobre todo defino la Calma como ausencia de ansiedad, y la aprecio sobre todo porque la asocio a cierto grado de alivio temporal de la ansiedad que atenaza mi cuerpo, mi mente y mi espíritu.

Ah, así que no la comprendo. Tengo una intuición de lo que es la Calma, pero en mi mente no la conozco plenamente. Eso significa que no la recuerdo plenamente. Eso significa que no la quiero plenamente. Y eso, por desgracia, significa que no puedo, ni siquiera en un estado de perfecta alineación con la Trinidad divina (en mi estado de Libertad), poner a Uso mis esfuerzos y los talentos de mi mente para traer la Calma al bien de la humanidad. Solo puedo recordar, comprender y querer lo que se me da, es decir, lo que está abierto para que yo lo guarde en la mente. Mis pobres pensamientos sobre el bien llamado Calma son, en realidad, una oración, no un Uso de mi mente o de mi talento. Cuando digo que quisiera que la ansiedad dejara de ser una plaga para la humanidad y que prevaleciera la Calma, es una ferviente oración del corazón, no una función triple de la mente que pueda ponerse a buen Uso. Esta oración es un aspecto importante de mi vida interior, pero no es un Uso de mis talentos en el estado de Libertad para lograr el Desarrollo Humano Integral.

Es un dilema que también Agustín aborda bien. Ante nuestra incapacidad para distinguir y definir adecuadamente el bien en nuestra mente, nos dice que concentrar la mente en erradicar el Mal es inútil. Explica que el mal no es una cosa (Confesiones, Libro XII, capítulo 12).20 El bien es una cosa. El mal es la privación de la cosa. Es una distinción importante que en la filosofía moderna se ha oscurecido. Estas palabras de Agustín, de hace 1600 años, son revolucionarias para el pensador moderno, porque a menudo se nos anima a usar el pensamiento dialéctico, a dirigir la atención a la dualidad y la polaridad para percibir una Cosa a la luz de su opuesto. La atención a lo binario dio origen a la idea de que el progreso se logra mediante el choque entre opuestos, como sostuvo Hegel (1770-1831) en la Fenomenología del espíritu (1807)21 y en la Ciencia de la lógica (1812).22 Es una idea sugerente, nacida en la era de las revoluciones, a la que Marx (1818-1883) respondió por antítesis: las categorías reciben forma material no como verdades trascendentes, sino como productos móviles, históricos y temporales del trabajo humano y del conflicto material (Miseria de la filosofía, 1847).23

En consecuencia, en la educación superior occidental se ha animado con fuerza a los estudiantes a admitir la dicotomía y a aceptar que dos cosas (aparentemente opuestas) pueden ser ambas verdaderas y sostenerse juntas al mismo tiempo, y que gracias a esta tolerancia progresaremos a través de la lucha.

Habiendo dedicado mucho esfuerzo a la búsqueda de una formación superior y, más aún, gran parte de mi talento a lo que esperaba que fuera un enriquecimiento de la Academia, debo afirmar aquí mi firme convicción: hemos sobrevalorado lo dialéctico hasta abrazar la paradoja de la unidad de los opuestos como fundamento de la lógica humana, porque no somos capaces de comprender la bondad Absoluta. Y, peor aún, puedo decir con la seguridad que me dan más de dos décadas y media como estudiante y directiva en la educación superior estadounidense que en ninguna aula de la Academia moderna deseamos sinceramente declarar que una cosa es absolutamente Buena, y que la privación de esa Cosa Buena es un mal. Sé, pues, por mi propia tragedia, que la memoria, el entendimiento y la voluntad de la bondad Absoluta de las primicias de la Divinidad para la vida humana son Lo que se perdió para nosotros desde la caída del hombre. Las aulas de la Academia, el largo prisma de la reflexión humana, están vacías desde la perspectiva de Dios.

Esta pérdida de la capacidad de comprender plenamente la bondad absoluta es evidente si se considera mi pobre definición de Calma. Me parecía entenderla mejor como una dicotomía, como el opuesto binario de la Ansiedad. Según este hábito de pensamiento occidental moderno, Calma y Ansiedad pueden existir al mismo tiempo, quizá en cantidades distintas, y la Calma no puede entenderse sin la Ansiedad, ni la Ansiedad sin la Calma. Este razonamiento ayuda a mi débil mente. Puedo, en efecto, razonar fácilmente del mismo modo: Luz y Oscuridad son opuestos. Sin Luz no hay Oscuridad. Sin Oscuridad no hay necesidad de Luz. Luz y Oscuridad deben existir como las dos caras de la misma moneda. Así puedo entender qué es la Luz, si la defino como «no Oscuridad». Es más, el pensamiento dialéctico que nos legó Hegel, invertido por Marx y postulado por Engels (1820-1895) como ley fundamental del universo natural, es decir, el materialismo dialéctico, querría hacerme creer que ni la Luz ni la Oscuridad son Bien o Mal, sino solo Tesis y Antítesis, cuya fricción violenta es necesaria para producir una nueva realidad superior: la Síntesis.24 Engels nos llevó a percibir que todo lo que se experimenta en la vida humana es solo materia en movimiento gobernada por la fricción material: lo que ha sido ya pasó, lo que es ahora es mudable, y lo que será será una nueva síntesis forjada por la fricción material de ese tiempo venidero. ¡Viva la revolución!

Franz Sedlacek, <em>Canción de la tarde</em> (1938)

Franz Sedlacek, Canción de la tarde (1938)

¿Es así? No, no parece correcto en absoluto. Se nos dice, en efecto, que al final de los tiempos una tierra nueva y una nueva Jerusalén bajarán del cielo, de junto a Dios, y ya no habrá noche ni oscuridad, y la Luz de la Divinidad brillará sobre nosotros para siempre (Apocalipsis 21-22). Parece, pues, que me he equivocado, o al menos que mi razonamiento ha fallado en algún punto, porque se me dice que existe una comprensión de la Luz que no necesita en absoluto la oscuridad. La Luz, no la oscuridad, es el bien absoluto que debería recordar, contemplar y esperar con mi mente triple y divina.

También esta debilidad de la lógica humana la aborda Agustín. Afirma con claridad que razonar mediante dicotomías no da comprensión, y por tanto no es de ningún buen Uso (Enchiridion, capítulo 11).25 Proclama, en cambio, un orden más alto para pensar el bien absoluto: el mal no es una cosa, sino la privación de una cosa. Y lo compara con el ojo, explicando: un ojo ciego no es una cosa, es un ojo privado de la vista. El ojo sin vista, por tanto, no es de ningún buen uso. Cualquier uso del ojo para una función distinta de la vista es, de hecho, una abominación: no hay bondad en usar un ojo para algo que no sea ver. La Vista no necesita la ceguera para existir. Al contrario, la plenitud de la Vista en todos los ojos significa que la ceguera no existe. Y la función de la Vista nunca depende de la función de la ceguera. La ceguera es, más bien, una carencia —una privación, un agotamiento— de la Vista. No debería, por tanto, intentar acabar con la ceguera: es un esfuerzo inútil. Debería, más bien, si mi Libertad me inclina a ello, procurar que mis talentos se pongan a buen Uso para instaurar la plenitud de la Vista para siempre. Y muchos lo han hecho muy bien, porque comprendemos de forma innata la bondad plena y absoluta de la Vista, y su privación total —la ceguera— como una pérdida terrible para la condición humana, que hay que evitar a toda costa y sanar por todos los medios posibles.

Si seguimos, pues, el razonamiento de Agustín, descubrimos que la ansiedad no es una cosa. Es la privación de una cosa. Por eso el pensamiento dialéctico es inútil para comprender plenamente la Calma o cualquier cosa buena. La comprensión y el progreso en nuestra búsqueda de una buena sociedad humana no se encuentran en el equilibrio entre dos fuerzas opuestas, ni nuestro progreso se forjará en la batalla entre esas fuerzas. Debemos, en cambio, admitir que la ansiedad es la privación de la Calma. Así, cuando concentramos nuestros esfuerzos en el desarrollo de la Calma por el bien de la humanidad, debemos comprender plenamente la Calma como una cosa entera en sí misma —como una cosa buena que era, una cosa buena que es y una cosa buena que será para siempre—, no como opuesto de la ansiedad, ni en dualidad ni en polaridad con la ansiedad, sino como una de las Formas necesarias de una buena vida humana. Debemos buscar la esencia fundamental de lo que es absolutamente bueno, si queremos querer que esa cosa sea restituida a su plenitud.

Del mismo modo que, para comprender la Vista como vital para una vida humana plena, no me sería útil definirla como una capacidad que vence la ceguera, tampoco me sería útil definir la Calma (o cualquier bien absoluto del principio) como algo que vence un mal, o como una síntesis lograda en equilibrio con su opuesto. No: la Calma existía en plenitud mucho antes de los grados de privación que experimentamos hoy, esta epidemia que llamamos ansiedad. Por tanto, para propagar la bondad de una Cosa, como la Vista, debo describir su esencia, su función, su estado superior y las condiciones necesarias para sostenerla en cada persona y en toda la humanidad, si quiero alcanzar mi meta de perpetuar esa Cosa, como la Vista, para siempre. Estoy segura de que una breve investigación en el campo de la oftalmología me permitiría exponer todos los aspectos básicos de la vista humana. La Vista la comprendemos bien: incluso una persona ciega probablemente la recuerda de su juventud y puede contemplarla, porque está rodeada de personas que ven, y sin duda puede esperarla; y sabiendo que la Vista es buena, podemos orientar —y de hecho orientamos— nuestros talentos, en la humanidad, a querer que una buena vista se perpetúe por toda la eternidad en la condición humana. En este aspecto de una buena vida humana estamos en perfecta alineación con la Trinidad divina y seguimos la bondad del orden que Él creó para la vida humana. Pero la Vista no figura entre los aspectos de la lista de Lo que se perdió que se me dio.

Volviendo, pues, a la lista que el Señor me ha dado a considerar, me doy cuenta de que son condiciones, o aspectos, de la buena vida humana que no se recuerdan plenamente, ni se comprenden plenamente, ni se quieren plenamente. No existe ningún compendio sobre estas Cosas buenas. Y, sin embargo, deseo ser de buen Uso para ayudar a la humanidad a conocer estas joyas —nuestra herencia— y a buscarlas en su plenitud. Esto conduce mi espíritu a un único deseo, que es la oración de mi corazón a Dios nuestro Padre y Creador Todopoderoso, y que comparto aquí con todos ustedes para ofrecer mi talento y mi atención al digno proyecto del Desarrollo Humano Integral:

Dios Padre, quiero que Lo que se perdió en el principio, con la caída de la humanidad, se nos abra de nuevo. Padre amoroso, El Shaddai, haz que recordemos plenamente la bondad de cada aspecto de la vida que has dispuesto para la humanidad. Abre al prisma de nuestras mentes lo que ha estado cerrado, para que podamos comprender plenamente cada aspecto en particular y captar su función y su propósito en el conjunto de Tu designio divino. Abre esta memoria, para que podamos considerar —cada uno según la inclinación de su Libertad— cada uno de estos aspectos de la vida buena, en plena espera Contigo de la venida de Tu Reino, Yahvé, Guardián de la Alianza. Te lo pido para que nuestras oraciones encuentren plena correspondencia en nuestras mentes y sean puestas a buen uso por nuestros talentos. Te lo pido en el Nombre de Cristo Jesús, el Redentor de Lo que se perdió, y suplico al León de la tribu de Judá, el único hallado digno de abrir el Libro, que juzgue este mundo caído del hombre y elimine la privación de nuestra condición, y al Cordero de Dios inmolado, el único digno de ocupar el trono en la Nueva Jerusalén, para que nosotros —en nuestra Libertad Contigo— podamos poner en obra todos los talentos que nos ha dado el Padre, para la realización de la redención de la humanidad y la restauración de la vida buena que Tú has ordenado y dispuesto, y para la venida de la tierra nueva y de la nueva Jerusalén, donde no habrá noche, ni lágrimas, ni lamento, ni confusión, ni mentiras, ni ladrones, ni privación alguna de esa Bondad que dispusiste como primicia para Tus hijos desde el principio. Pido que todos nosotros, en plena esperanza, queramos la llegada del día en que viviremos de nuevo en la plenitud de estas cosas y no recordaremos más estos males, estas privaciones de Tu orden para nuestro Ser, que ahora nos afligen. Revélanos de nuevo el Camino para ser humanos: devuelve a la mente humana Lo que se perdió. ¡Así sea: ven, Señor Jesucristo, ven! Amén.


  1. Agustín. (1991). The Trinity (E. Hill, trad.; J. E. Rotelle, ed.). New City Press. (Obra original ca. 399–419). ↩︎

  2. Agustín. (2008). On Christian teaching (R. P. H. Green, trad.). Oxford University Press. (Obra original ca. 396–426). ↩︎

  3. Papa Pablo VI. (26 de marzo de 1967). Populorum progressio [Sobre el desarrollo de los pueblos] [Carta encíclica]. Santa Sede. vatican.va ↩︎

  4. Kirk, G. S., Raven, J. E., & Schofield, M. (1983). The Presocratic philosophers: A critical history with a selection of texts (2.ª ed.). Cambridge University Press. ↩︎

  5. Parménides. (2011). Fragmentos. En S. M. Cohen, P. Curd, & C. D. C. Reeve (eds.), Readings in ancient Greek philosophy: From Thales to Aristotle (4.ª ed., pp. 36–44). Hackett Publishing Company. (Obra original ca. 475 a. C.). ↩︎

  6. Platón. (2009). Phaedo (D. Gallop, trad.). Oxford University Press. (Obra original ca. 360 a. C.). ↩︎

  7. Aristóteles. (1933). Metaphysics (H. Tredennick, trad.). Harvard University Press. (Obra original ca. 330 a. C.). ↩︎

  8. Plotino. (2018). The Enneads (L. P. Gerson, ed.; J. Dillon, trad.). Cambridge University Press. (Obra original ca. 270 d. C.). ↩︎

  9. Agustín. (2002). Eighty-three different questions (D. L. Mosher, trad.). Catholic University of America Press. (Obra original ca. 388–396). ↩︎

  10. Tomás de Aquino. (1920). The Summa Theologiæ of St. Thomas Aquinas (2.ª ed.; Padres de la Provincia Dominicana Inglesa, trad.). New Advent. (Obra original ca. 1265–1274). ↩︎

  11. Kant, I. (1998). Critique of pure reason (P. Guyer & A. W. Wood, eds. y trads.). Cambridge University Press. (Obra original 1781; 2.ª ed. 1787). ↩︎

  12. Frege, G. (1980). Thoughts. En P. Geach & M. Black (eds. y trads.), Translations from the philosophical writings of Gottlob Frege (3.ª ed., pp. 17–38). Blackwell. (Obra original 1918). ↩︎

  13. Nussbaum, M. C. (2011). Creating capabilities: The human development approach. Belknap Press. ↩︎

  14. Sen, A. (1999). Development as freedom. Oxford University Press. ↩︎

  15. Papa León XIII. (15 de mayo de 1891). Rerum novarum [Sobre el capital y el trabajo] [Carta encíclica]. Santa Sede. vatican.va ↩︎

  16. Papa Juan Pablo II. (1 de mayo de 1991). Centesimus annus [En el centenario de la Rerum novarum] [Carta encíclica]. Santa Sede. vatican.va ↩︎

  17. Papa Juan Pablo II. (6 de agosto de 1993). Veritatis splendor [El esplendor de la verdad] [Carta encíclica]. Santa Sede. vatican.va ↩︎

  18. Papa Benedicto XVI. (29 de junio de 2009). Caritas in veritate [Sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad] [Carta encíclica]. Santa Sede. vatican.va ↩︎

  19. Rielo, F. (2014). The genetic model in my thought (M. B. López, trad.). Fernando Rielo Foundation. ↩︎

  20. Agustín. (2009). Confessions (H. Chadwick, trad.). Oxford University Press. (Obra original ca. 397–400). ↩︎

  21. Hegel, G. W. F. (2018). The phenomenology of spirit (T. Pinkard, ed. y trad.). Cambridge University Press. (Obra original 1807). ↩︎

  22. Hegel, G. W. F. (2010). The science of logic (G. di Giovanni, ed. y trad.). Cambridge University Press. (Obra original 1812–1816). ↩︎

  23. Marx, K. (1963). The poverty of philosophy. International Publishers. (Obra original 1847). ↩︎

  24. Engels, F. (1947). Anti-Dühring: Herr Eugen Dühring’s revolution in science. Progress Publishers. (Obra original 1877). ↩︎

  25. Agustín. (2008). The Enchiridion on faith, hope, and love (T. S. Eliot, ed.; H. Chadwick, trad.). Oxford University Press. (Obra original ca. 420–422). ↩︎

Cómo citar este artículo
Sarah Pattison PhD. (2026, 6 de noviembre). Lo que se perdió: la tragedia de la amnesia metafísica. Rielo Institute for Integral Development. https://riidblog.org/es/post/06-11-2026/