Alguna nota sobre el concepto de dignidad 1
Ser persona no es algo agregado, no es una cualidad o característica del ser humano: es la manera que tiene el ser humano de existir, de ser. La dignidad no está ligada a sus cualidades morales, físicas o intelectuales, sino simplemente a que este “es”, al hecho de que como individuo de la especie humana tiene un lugar absolutamente especial en la creación.
Para el cristiano la dignidad del hombre tiene el triple fundamento en su origen divino, en su calidad de imagen y semejanza de Dios y en su finalidad en el Creador mismo. La dignidad queda así definida, para todos los hombres por igual, en relación directa con Dios, con in- dependencia de toda otra condición: raza, nacionalidad, sexo, edad, creencias, condición social. Esta dignidad es más que moral, más que ética, más que psicológica: es constitutiva del ser humano y su naturaleza es ontológica. No se la puede dar él a sí mismo ni podemos hacerla depender de su vida moral, tampoco se la puede dar el Estado –como sucedía en Roma– o la sociedad, aunque a ellos corresponda reconocerla y vigilar que no haya violaciones.
En el tema que nos ocupa, tenemos un padre, una madre y unos hijos todos con la misma dignidad.
El matrimonio ayer y hoy 2
Pensemos en las cosas cómo ocurrían, digamos hace un siglo. Dos jóvenes dan su asentimiento, dicen “SI” y desde ese momento ocurre un tejido de consecuencias sociales muy complejas. Ellos adquieren obligaciones y derechos recíprocos, respecto de su propia intimidad física, de sus bienes materiales, de sus patrimonios, de bienes de otra índole como el cuidado y la lealtad y fidelidad mutuas; pero más todavía, derecho a engendrar criaturas, con las cuales se adquiere por el solo hecho de su nacimiento, un lazo especialísimo que toda la sociedad reconoce, criaturas que a su vez tienen derecho a exigirles a sus progenitores, cosas que nadie sino ellos pueden exigirles. Este “sí” le da existencia a un ente que es distinto de los contrayentes, que es la “familia”. Y en el “sí” estaba entendido que esta era una decisión irrevocable, para toda la vida.
Por eso, una simple palabra adquiría un significado social, jurídico, moral fundamental, que estaba dado por el contexto cultural en que se pronunciaba. Y eso se manifestaba en una cosa tan simple que llega a pasar inadvertida: toda la sociedad, incluso los que nada tenían que ver con los contrayentes, aceptaban la plena validez de ese enorme compromiso y esa pareja que un momento antes del “sí” no tenían más que una relación interpersonal, pasaban a constituir una institución que era tenida por fundamental para la sociedad.
Pero si el contexto cultural cambia, si al escuchar ese “sí”, los contrayentes y el público en general están pensando que no se trata de un acto definitivo, que la mutua entrega y la mutua fidelidad no son sino un asunto de preferencia, cosas eventualmente descartables; que los hijos pueden cambiar de familia, etc. etc., entonces el “sí” aun cuando suene igual, aun cuando la música nupcial sea la misma, y la ceremonia y la fórmula del contrato se mantengan incambiadas, el “sí” no significa lo mismo que ayer, porque la sociedad ya no cree en la familia en la que antes creía.
Entonces tendremos que preguntarnos por qué ha cambiado ese contexto cultural, y a nosotros los cristianos, nos es indispensable tener claridad, tener un juicio sobre todo del contexto cultural que cambia.
En todo tiempo que se pueda recordar la base de cualquier sociedad ha sido la familia: los patriarcas podrían tener formas diversas de poligamia; “por la dureza del corazón” 3 del hombre podía aceptarse el repudio: pero la familia como tal era la base de la sociedad, su elemento primero e indestructible.
El solo planteamiento de que sea lícito que el Estado legisle para cambiarle el sentido a la familia, ya está diciendo que no se cree que la familia sea la célula fundamental de la sociedad. Si lo fuera, el Estado no podría destruirla por su legislación. El Estado no tiene ningún derecho a cambiarle su carácter básico a algo que le es anterior a él. De modo análogo el Estado no podría suprimir el derecho a la propiedad, el derecho a la vida o a la seguridad personal, porque todos ellos son anteriores al Estado. Tampoco puede suprimir el derecho del hombre a una familia.
Pero ¿qué es lo que ha cambiado del contexto social, del contexto cultural? ¿Por qué esas ideas que ayer nos habrían aparecido aberrantes y que aparecen de todos modos cargadas de contradicciones, tienen hoy tanta fuerza? ¿En nombre de qué se justifica esta verdadera eliminación de la familia? ¿Por qué nos encontramos en la necesidad de entrar a defender a la familia? Los argumentos, los hemos oído muchas veces: los derechos de los cónyuges a la libertad, a la libre decisión, a no sufrir indefinidamente las consecuencias de un error juvenil, en suma, el derecho a la felicidad, a la realización personal, etc. En una palabra, se está disolviendo la institución matrimonial, en beneficio de los derechos, presuntos o verdaderos, de los individuos (el hombre y la mujer) que la forman. Lo que ha asumido el rol de supremo valor social, es el individuo. El es la vara con la que se han de medir todas las otras realidades sociales (y esto en el fondo se encuentra lo mismo en las sociedades liberales y democráticas que en los socialismos modernos).
Se trata entonces de satisfacer las necesidades de los individuos, y fundamentalmente su necesidad de realización personal, de felicidad. Y en la sociedad de nuestros días, esa realización personal aparece como el fundamento de la dignidad humana, como la razón de ser de nuestra existencia. No “realizarse” como individuo, es una forma de esclavitud, de amputación. Se busca consagrar la satisfacción del individuo como objetivo central de la vida. Es lo que nos atreveríamos a llamar un " individualismo hedonista “.
Donde se da la lucha por el divorcio, viene próxima la lucha por el aborto, y la lucha por la libertad en las “preferencias sexuales” (sodomía o lesbianismo), etc. etc., para quedarnos dentro del tema que en los Estados Unidos se llama en forma eufemística “la libertad reproductiva”. Se afirma, de manera a veces exasperada, el derecho del individuo a pasarlo tan bien como le sea posible, sin ninguna cortapisa, especialmente en lo sexual, tal vez porque allí se da la fuente más impetuosa de goce desordenado.
En esa liberación se cifra una especie de dignidad humana. El hombre o la mujer que no tienen esa libertad para escoger en cualquier momento la forma que deseen de realización personal, son un esclavo o una esclava, están deprimidos en lo más nuclear de su existencia. Es una forma extrema de individualismo, y, por ser un individualismo centrado en el placer, en la satisfacción, de individualismo hedonista.
Consecuencia muy importante del individualismo hedonista es la negación de que puedan existir decisiones humanas que sean irrevocables, definitivas. Porque si hay una decisión irrevocable en un asunto importante, eso significa que el hombre se ha amputado parte de su libertad y ha abdicado de su derecho a realizarse plenamente. Creo que allí está la raíz de la resistencia que muestran sectores socialmente influyentes frente al celibato sacerdotal, a los votos religiosos perpetuos, etc. Cuando un hombre o una mujer entran en una decisión definitiva como estas, están renunciando a disponer de sí mismos, y esto es algo que resulta casi repugnante para una parte de las mentalidades contemporáneas.
La respuesta cristiana es simplemente que la suprema aspiración del hombre, su plenitud, no es eso a lo que se suele llamar la “realización personal”. Aquí hay claramente un juicio negativo, formulado desde el punto de vista del Evangelio sobre actitudes muy arraigadas en la cultura contemporánea. Lo dice la Gaudium et Spes: “El hombre única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede hallar su plenitud sino en la entrega sincera de sí mismo a los demás” 4 La clave de la existencia humana está en la entrega. Y por supuesto la verdadera entrega no tiene retorno. Entrega no es préstamo. Y esas palabras del Concilio no son más que un eco de las de Cristo en el Evangelio: “el que quiere ganar su vida la perderá”. 5
¿Qué añade la Revelación a la familia natural? Lo que le añade la Divina Revelación a la familia, es que por la fe sabemos cuál es el sentido profundo de esa familia, sentido que la razón humana puede llegar a descubrir, pero sólo en forma frágil e insegura. La Revelación nos “sirve” justamente para eso, para afirmarnos en aquello que en su ausencia sólo entrevemos sin plena certidumbre. Por la Revelación entendemos que el significado de la familia es que ella representa el sitio normal para que los seres humanos “sean uno”.
Entonces hay que profundizar en el verdadero ideal de la familia cristiana. Por supuesto que ese ideal es la familia de Nazareth. ¿En qué sentido es esta una familia perfecta y ejemplar? En el sentido fundamental de que en ella estaba Dios primero. La donación recíproca no era un mirarse las caras, sino un darse el uno al otro para que el otro pudiera darse plenamente a Dios, hacerse disponible para Dio: Unidad no individualismo.
RODRIGUEZ GUERRO A, CHUAQUI, B., Notas sobre la evolución del concepto de dignidad en Ars Medica 2002; 4(6). ↩︎
Cfr. VIAL CORREA, J. de Dios y RODRIGUEZ GUERRO, A. La dignidad de la persona humana desde su concepción hasta su muerte en Actas de Bioética de la OPS, nov-dic 2008. Santiago de Chile. ↩︎
Mt, 19, 8 ↩︎
Gaudium et Spes, cap. II, 24, parag. 3º (Índole comunitaria de la vocación humana según el plan de Dios) ↩︎
Mt. 10,39 ↩︎
Cómo citar este artículo
Angel Rodriguez Guerro PhD. (2026, 6 de agosto). La familia ayer y hoy. Rielo Institute for Integral Development. http://riidblog.org/es/post/06-08-2026/
