Estamos realmente cansados de un florido lenguaje de libertad, autorrealización y derechos humanos. No porque se trate de realidades indeseables o de conceptos vergonzosamente ininteligibles. Por el contrario, son aspectos de la vida que buscamos custodiar, acrecentar y posibilitar que los demás los gocen u obtengan. Me refiero, más bien, a que, en pro de la libertad, la autorrealización y un elegante discurso sobre los derechos humanos, hemos quedado sometidos a un sórdido relativismo práctico, a un vivir la vida de cualquier manera, a un justificarse a sí mismo para evitar el mal trago de la corrección, del fallo, del pecado. Hablo como hijo de mi tiempo. He crecido en el combate creciente de ideas, en la seducción de la autoafirmación, en la ensoñación de la libertad. Se me ha repetido que debo buscar aquello que me plenifique, que me haga sentir bien y que ponga a la vista de todos lo mejor de mí. Mis fallos no son errores, son “áreas de oportunidad”. Mis pecados no son quiebres morales, sino meros productos que salen necesariamente de mi debilidad. Todo lo que decida está bien, siempre y cuando surja del núcleo de mi creativa voluntad. Pero pocos orientaron mi corazón fuera de sí mismo, allá donde habita la Verdad. Porque, si bien es cierto que en el hombre interior habita Ella —como dice Agustín—, la Verdad es al mismo tiempo lo más interior a la propia intimidad y lo sumo trascendente, más allá de cualquier límite de mi ser. La buena interioridad siempre es extática, siempre fuera de sí, siempre buscando más allá de las fronteras de todo tipo: conceptuales, ontológicas, morales, espirituales.
Es precisamente en este punto donde encuentro viciado el tema de los derechos humanos. Se han hecho reposar sobre sí mismos; se les ha dado un encantador maquillaje que promete una satisfacción intelectual y social, una norma conveniente para quienes, además de buenos deseos, tenemos instintos salvajes. Parecen una caja de Pandora a la inversa: de los derechos humanos no pueden salir más que bienes, y cualquiera que apele a ellos para justificar sus posiciones existenciales y sociales obtendrá, sin duda alguna, el mejor bien posible, pues se trata de la custodia de un valor incuantificable. ¿No es acaso esta la misma ilusión de que cualquier cosa que decida la libertad, siempre que emerja de su núcleo de creatividad, es legítima y valiosa? Es que, si cualquier cosa humana se hace reposar en ella misma, termina enfermando, pues necesitamos de la verdad para nuestra propia salud. Entiendo que en el discurso de los derechos humanos también se mencionen los deberes. Son como enunciaciones tímidas, susurrantes, que vienen a evitar que los derechos humanos signifiquen cualquier cosa. Nuevamente nos encontramos ante una melosa decisión de no incomodar, de ser más “positivos” y “propositivos” que “negativos” y “confrontativos”. El discurso sobre los deberes se lee rápido y, sobre todo, se piensa en los deberes ajenos. Mi derecho hace patente que el otro me debe algo de algún modo. Pero así hemos destruido la raigambre real y sustentadora de lo humano. Los derechos humanos no son principios absolutos de nuestra existencia. A mi parecer, son más bien las prolongaciones, los instrumentos custodios, de lo más radical de la vida humana: su vocación a la verdad, su necesidad constitutiva de ella. El hombre es libre para que, libremente, pueda buscar. Y es inteligente para que aquello que busque no sea una mentirilla mezquina, sino aquello que le dé sentido no simplemente por ser brillante y penetrante, sino por ser la verdad, la medida de su vida, aunque en ese momento solo emita un juicio negativo sobre su condición actual, sobre su vida moral, sobre sus pretensiones existenciales.
¿No es acaso esta experiencia la motivante de la conversión? ¿No es la conversión la radical transformación humana hacia un estadio mejor, pues es el estadio de la verdad?
Y no hablo solamente de las pequeñas verdades de este mundo, divertidas y juguetonas. Hablo de aquella Verdad que comunica esta cualidad a todas las cosas verdaderas, aquella que está en el ápice del ser y en lo íntimo de cada cosa; aquella que, estando en lo sumo, se hizo esclavo del ser humano, un esclavo que lo liberó dándole a conocer la Verdad: Él mismo, Jesucristo, el Señor. Newman, por eso, hablaba de los derechos como consecuencia y custodia de la realización del sentido del deber de la conciencia. Hablaba de esta precisamente como el “Vicario ab origine de Cristo”, el primero de todos y el principio creativo de la religión, pues nos hace comprender lo que se debe a Aquel que se presenta en su recinto como Gobernador y Juez. La conciencia es profeta en sus admoniciones, monarca en la perentoriedad de sus mandatos y llamadas, y sacerdote en sus bendiciones y anatemas. Nos muestra a Aquel ante quien somos responsables y, en tal responsabilidad, se nos otorgan derechos para realizar aquello a lo que nos llama quien bien nos conoce y nos ama.
